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¿Se lo digo?

¿Le digo a mi hijo que tiene altas capacidades intelectuales?

¿Le dirías a tu hijo que tiene un problema de aprendizaje? ¿Y si tuviera un talento especial para jugar al tenis o al fútbol, se lo dirías? ¿Cómo podría llegar a ser un buen jugador de algo si no le decimos que tiene condiciones para ese algo? ¿Y por qué no decirle que tiene una capacidad para aprender muy superior a la media? ¿Crees que podrá desarrollarla si no sabe que la tiene?

En el caso de los alumnos de altas capacidades, al igual que en todas las personas, tener un autoconcepto o autoestima desajustados puede influirles de manera negativa en su rendimiento escolar. Cuando en los primeros años comienzan a detectar que son diferentes, no siempre sitúan esa diferencia donde les corresponde respecto a sus capacidades intelectuales y a sus intereses. Muchos de estos niños, sobre todo en la adolescencia, se conciben a sí mismos como “poco capaces”. Se enfrentan a la tarea inseguros de que la puedan realizar y esa baja autoestima hace que el rendimiento no sea el adecuado y que sus resultados estén muy por debajo de lo que deberían estar.

Según afirma Maite Garnica, pedagoga especializada en altas capacidades, “el conocimiento de las capacidades y habilidades resulta productivo para todos los alumnos, sean superdotados o no. Esto cobra especial importancia en aquellas situaciones en las que el alumno se está infravalorando. Tras ser valorado como alumno de altas capacidades, el estudiante conoce la inteligencia que le ha sido dada, lo que le hace tomar conciencia de que realmente sí es capaz de superar esos objetivos académicos. Su motivación aumenta, sus expectativas también, y de esa forma puede poner en marcha los mecanismos suficientes para superar las variables que le están permitiendo obtener los resultados deseados”.

Conocerse a sí mismo es básico para la autoestima y, a su vez, la autoestima es muy importante para conseguir lo que nos proponemos y ser felices. Autoconcepto y autoestima son dos elementos fundamentales no sólo para para la etapa escolar, sino para la vida adulta.

Según reflexiona en su blog el vicerrector de Innovación y Desarrollo Educativo de la UNIR y especialista en altas capacidades, Javier Tourón, facilitar el autoconocimiento es esencial en la educación. Para Tourón, “conocerse a uno mismo es crecer en libertad, crecer como persona, en definitiva, educarse. Por ello parece esencial ayudar a nuestros hijos a conocerse, para que puedan aceptarse y responsabilizarse progresivamente de sus propias vidas.  Éste es el ejercicio propio de la autoridad educativa, entendida como servicio, que ejercen los educadores (padres, profesores, amigos) sobre los educandos. Y es que la educación es, sobre todo, autoeducación”.

 

Tu hijo ya sabe que no es como los demás

Por otra parte, seguramente tu hijo ya sabe que no es como los demás, que aprende antes que ellos, que tiene una sensibilidad para las relaciones personales y los problemas sociales muy especial, que sufre con lo que otros quizá se ríen, que sus intereses no coinciden demasiado con los de sus compañeros… Es importante que sepa que todos somos diferentes y únicos, pero que hay miles de niños que sienten y aprenden como él.

Tanto Maite Garnica como Javier Tourón, son partidarios de que el niño sepa que tiene una capacidad intelectual muy superior a la media, pero ambos coinciden en que es muy importante saber cómo decírselo para que lo entienda bien desde el principio. De cómo se lo expliques esa primera vez, dependerán muchas cosas. Y para poder explicárselo de acuerdo a su edad, los primeros que tienen que entenderlo y asimilarlo bien son los padres. Utilizar ejemplos de deportistas, músicos, pintores y otras personas eminentes te ayudarán a explicarle la distancia que hay entre tener una capacidad para algo y llegar a realizar esa capacidad. Si aún es pequeño, la fábula de “La tortuga y la liebre” puede ser muy adecuada. Si es algo mayor, filosofar con él sobre la parábola bíblica de “Los talentos” también le puede ayudar a entenderlo.

El objetivo fundamental de todo padre o madre es que sus hijos sean felices. Hace más de 2.000 años, el filósofo griego Aristóteles decía que para alcanzar la felicidad el ser humano debía desarrollarse de acuerdo a su esencia. En 1943, el psicólogo estadounidense Abraham Maslow describió la jerarquía de las necesidades humanas, en su famosa “Pirámide de Maslow”, y colocaba en el nivel más alto la autorrealización y el desarrollo de las necesidades internas, el desarrollo espiritual, moral, la búsqueda de una misión en la vida… En esta misma línea de argumentación, el conocido educador británico Ken Robinson, en su libro “El Elemento”, expone la importancia que tiene encontrar nuestro elemento para autorrealizarnos y alcanzar la felicidad. ¿Pero cómo podemos alcanzar la felicidad si no sabemos quiénes somos, cómo somos o qué podemos lograr en esta vida?

 

PARA SABER MÁS:

TOURÓN, Javier: Mi hijo tiene alta capacidad, ¿se lo digo? Blog www.javiertouron.es.

GARNICA, Maite: ¿Cómo reconocer a un niño superdotado? Libros Cúpula.

 

Fotografía:

www.pixabay.com

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