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La tribu

Un cuento sobre el valor de la empatía, la inteligencia, la sensibilidad y el altruismo 

“Contad la esencia de este cuento de aventuras a vuestras hijas e hijos. Enseñadles el valor de la empatía, de la inteligencia, de la sensibilidad, del altruismo. No dejéis que la sociedad les haga creer que todo es fuerza y violencia. Que entiendan lo que significa cooperación. Educadles para el trabajo en grupo, para que acepten la diversidad de funciones y no traten de hacerlo todo bien”.

LA TRIBU

Amanece en la sabana africana una mañana cualquiera de hace 100.000 años. Un grupo pequeño de “Homo sapiens” sale de caza. El resto de la tribu esperará en la cueva donde viven. Hay varias jornadas por delante hasta llegar a una planicie surcada por un río donde podrán cazar búfalos, hipopótamos o elefantes. Un rápido vistazo al grupo nos informa que no es tan homogéneo como pudiéramos pensar. En la comitiva, el grupo mayoritario está formado por hombres fuertes que bromean con camaradería en una actitud de adolescentes. Visten pieles de búfalo y tienen largas y afiladas lanzas. Son los cazadores y se juegan la vida en cada jornada. Deben resistir el dolor, incluso ser en parte insensibles a él, ya que de ellos depende abatir a las presas. Están preparados para la lucha y por ello tienen que ser sociables, ya que cazan de manera cooperativa como los lobos. Entre ellos hay una jerarquía muy simple: el más fuerte manda. Por delante de la pequeña comitiva van dos hombres algo diferentes. No son tan fuertes y no van riendo despreocupados. Por el contrario, su cara muestra profunda concentración. Están absortos en algo. De vez en cuando se paran, olisquean, escrutan el horizonte, miran las huellas. Son los rastreadores y son muy sensibles a los olores, sonidos y luces. Sus órganos de los sentidos son como los de los demás, pero no su cerebro. Este procesa más información tiene más niveles de noradrenalina y cortisol, las hormonas del estrés. Estos niveles hormonales les permiten ser extraordinariamente rápidos en sus respuestas ante los estímulos. También tienen un umbral de excitabilidad menor. Por ello, son observadores y atentos como pocos. Los detalles que a los cazadores se les escapan son claros indicios para ellos. Los rastreadores saben seguir cualquier señal e interpretarla. Sin ellos, la tribu pasaría hambre. No es fácil detectar sin ser detectado. Eso exige habilidades especiales.

Pero sigamos viendo qué hace nuestro pequeño grupo. Más delante los rastreadores se agachan, el resto del grupo se aproxima en silencio. Uno de los rastreadores tiene una alta inteligencia espacial y lógica lo que le permite diseñar con claridad un plan de caza infalible. Hace un croquis en el suelo. Todos le miran y escuchan sus explicaciones. La idea es que los cazadores se distribuyan en dos grupos. Cada rastreador irá con uno de ellos. El primer grupo avanzará en silencio y se situará a un lado del río. Espantará a los búfalos hacia el vado menos profundo. Cuando los búfalos crucen el río otro grupo saldrá de los matorrales de la orilla y lanzará sus lanzas contra los búfalos que estarán en el agua y no podrán huir. El jefe de la tribu es un veterano cazador, curtido en mil jornadas y asiente con la cabeza sonriendo complacido. Rastreadores y cazadores forman un tándem mortal. Comienza la caza. Ahora es el turno de los más fuertes. Funcionan con precisión mortal, como un equipo solidario. Un búfalo ha quedado malherido y sale del agua con una fuerza destructora. De repente, embiste al líder del grupo. Uno de los rastreadores se anticipa y arroja su lanza sin demasiada fuerza pero impacta en el lomo del búfalo. No ha sido un tiro preciso, no lo ha matado, pero ha dado tiempo a que otros cazadores vean la escena y abatan certeramente al animal. El cazador malherido mira con gratitud al rastreador. Cojeando se acerca a él y le abraza fuertemente, con camaradería. El resto del grupo mira complacido y grita con entusiasmo. Tres animales han sido abatidos. Carne para muchos meses. Sin embargo, el peligro no ha acabado. Los cazadores despiezan las presas mientras los rastreadores vigilan la llegada de los leones y hienas. Cae la noche y la carne ahumada atada en parihuelas si sitúa en el centro de un círculo de hogueras.

A la mañana siguiente al segundo rastreador se le ha ocurrido una genial idea: irán dejando despojos de hueso y vísceras para mantener a las hienas a cierta distancia. Esto tendrá a raya a los leones. Tras varios días regresan a la cueva. El grupo sale a recibirles. Ninguna baja y solo un herido. Esa noche el jefe de la tribu contará al fuego de la hoguera la valía de los cazadores. También ensalzará la astucia de ambos rastreadores y cómo uno de ellos les ha salvado la vida a él y al grupo. Los niños de la tribu admirarán estas historias, algunos serán cazadores y unos pocos, el 2%, rastreadores. Esta tribu de nuestros ancestros, ha sido seleccionada para mantener diferentes variantes cognitivas. Hay un 20% de individuos de alta sensibilidad (PAS), un 2% de superdotados (SP) y el resto son guerreros. Lo que nuestros congéneres no sabrán hasta muchos siglos después es que esas proporciones entre PAS y no PAS se mantienen en otras especies sociales, desde los lobos a los perros de las praderas, bisontes, coyotes, búfalos. Es ventajoso para las especies sociales mantener estas variables. El mayor número de bajas ocurre en la variante no-PAS, los guerreros, por eso son más abundantes. Sin embargo, las otras variantes han sido necesarias para el progreso de nuestra especie. Sin esas otras habilidades de rastreo y planificación no hubiéramos sobrevivido ni avanzado tecnológicamente.

Queridas madres y padres de AEST, contad la esencia de este cuento de aventuras a vuestras hijas e hijos. Enseñadles el valor de la empatía, de la inteligencia, de la sensibilidad, del altruismo. No dejéis que la sociedad les haga creer que todo es fuerza y violencia. Que entiendan lo que significa cooperación. Educadles para el trabajo en grupo, para que acepten la diversidad de funciones y no traten de hacerlo todo bien. Valorad lo que son y no solo su rendimiento. Tampoco dejéis que sobrevaloren su don. Deben entender la diversidad humana y aceptarla. Este es el mejor antídoto contra cualquier tipo de totalitarismo, de xenofobia. Todos somos buenos en algo y nadie es una isla. En término biológicos nuestra especie ha evolucionado para ser diversa y esto ha sido así desde los albores de la humanidad. Solo así hemos sobrevivido. Solo así podremos afrontar los retos del futuro con eficacia. La ciencia ha demostrado que la naturaleza habla el lenguaje de la diversidad y que este lenguaje abarca a todos los niveles de organización: individuos, poblaciones, ecosistemas y finalmente a la biosfera entera.

 

Daniel Patón Domínguez.
Numerical Ecology. Ecology Unit.
Department of Plant Biology, Ecology and Earth Sciences.
Faculty of Sciences. University of Extremadura.
Avda. Elvas s/n 06071 Badajoz (Spain).
http://unex.academia.edu/DanielPatonDominguez
https://www.researchgate.net/profile/Daniel_Paton/
http://sites.google.com/site/numericalecologyuex/home

 

Este cuento fue publicado originalmente por su autor en la revista de AEST “La Estación” nº21

 

Fotografía: Pixabay.com

CC0 Public Domain

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No es necesario reconocimiento

 

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