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Evitar el bullying

 

¿Cómo integrar a los estudiantes de AACC y evitar el bullying?

 

Hoy he tenido una de las experiencias más gratificantes de mi vida como profesor y no ha sido en mi centro habitual de trabajo. He ido al colegio de una de mis hijas a hablar con la tutora. Los motivos, los de siempre en el colectivo de niños de altas capacidades. El proceso, el habitual.

  1. Mostrar la valoración por psicólogo privado de reconocido prestigio.
  2. Sorpresa de la profesora y petición de información.
  3. “Estamos en AEST. Por supuesto que ayudo al colegio en lo que necesitéis… Te aclaro que no soy psicólogo, ni pedagogo…”
  4. Que si ahora entiendo por qué se retrae del resto de la clase, etc…

Al final, la profesora me ha pedido que diera una clase improvisada sobre los problemas de la superdotación a los alumnos y alumnas del curso de mi hija. Yo estaba dubitativo. ¿Será bueno para la niña? ¿No le tomarán manía? La profesora y mi mujer insistían. Me convenció la entregada tutora cuando me dijo que hay más casos en la misma clase. Con profesoras así da gusto. Son los docentes que aman su profesión y quieren a sus alumnos y alumnas los que cambian el mundo. Debo decir que ha sido simplemente maravilloso.

Empecé explicando lo que es ser superdotado usando mi pequeño cuento “La Tribu“. Después de que los chavales entendieron que los humanos somos diversos y que hemos evolucionado así por el bien de nuestra especia, hablamos de las Inteligencias Múltiples de Howard Gardner.

Entonces llegó lo mejor. Un chaval me preguntó qué tipo de inteligencia tenía él. Tras hacerle unas preguntas exploratorias acerté, obviamente, ahí todos quisieron saber lo mismo. Un bosque de manos se alzó ante mí. Exultantes, esperanzados, curiosos. Sus miradas imploraban entendimiento y comprensión. Todos aceptaban la diversidad humana como algo natural. Empecé a detectar habilidades. Todos asentían y aplaudían por los aciertos que se iban produciendo. Un niño de origen asiático, que es muy bueno en matemáticas, me confesó que se estresaba mucho con los exámenes. Le dije: “Se nota que eres una persona muy organizada. Vas impecablemente vestido. Tu postura corporal revela una persona segura de sí misma, de fuerte personalidad ¿Acierto?”. Todos asintieron alucinados por lo afinado del perfil psicológico. Seguí: “Sin embargo, necesitas ayuda. Tu compañero de al lado puede ayudarte a estresarte menos, a ser menos rígido. Él es jovial, divertido y muy sociable y por la forma como te mira se ve que te aprecia mucho. ¿Cierto?” Empezaron a aplaudir todos, incluyendo los aludidos. Terminé diciendo: “Serás un gran empresario y más aún cuando entiendas que necesitas a los demás”.

Llegó el turno de una chica de largo y hermoso pelo, que miraba con ternura y timidez. Su dulce apariencia era tan clara para mí que no necesité indagar en absoluto: “Quietos todos, bromee con grandes aspavientos. Tenemos a alguien aquí sumamente interesante y original. Ahora ya no preciso preguntas: ¡La artista de la clase ha llegado por fin a nuestra prueba!”. Todas las miradas me taladraban en ese momento sublime. Con gesto teatral me dirigí a ella. “Hola amiga. ¿Cuál es tu especialidad, o tu inteligencia artística?”. Las caras eran de estupor. Ella me comentó que le apasionaba la música: “Cuando tengo un problema, cuando estoy triste o discuto con mi madre, me pongo a tocar y se me pasa”, me confesó. Esta niña va al conservatorio y creo que es experta en el violonchelo. Juro que no lo sabía, pero su apariencia me recordó a Janis Joplin, Joan Báez y otras tantas artistas.

Seguimos detectando singularidades: Otro que es muy creativo, la morena de pelo largo de la primera fila que dibuja muy bien, el chico de gafas azules de la fila tres presumía de poder llorar a voluntad y le dije que cuando fuera actor iría a ver una película suya. Le comenté que eso era inteligencia intrapersonal y que es sumamente rara y singular. Le dije que muchos grandes actores tienen Altas Capacidades. Solo dos niños y dos niñas no levantaban la mano. Precisamente los superdotados de la clase. Cuatro superdotados en una clase de veinte es una maravillosa casualidad. La profesora no me dijo cuáles eran, pero los detecté enseguida por ser los únicos que no se atrevían a participar, incluyendo mi hija entre ellos. Entonces empezó lo más emocionante para mí. Hablé de los superdotados como hipersensibles, empáticos, intensos emocionalmente y altamente responsables. Me preguntaron por mí. Les dije que si me hubieran detectado antes a lo mejor sería psicólogo porque me encantaba hacer perfiles. Les dije que me hice biólogo porque no entendía a los demás y me refugié en la naturaleza buscando la paz que no encontraba en la sociedad. Entonces mi hija intervino y me dijo irónicamente que no estaba segura de eso. La verdad es que es así. Les comenté que los superdotados se sienten mal a veces, que necesitan sentirse parte de la clase. “Veréis, son algo diferentes al resto. Muy despistados a veces. Tienen problemas porque necesitan que los aceptéis. Se sienten mal por ser distintos. Pueden ayudaros mucho si les dais la oportunidad. Son originales y muy creativos generalmente. ¿Queréis conocerlos?” ¡Sííííí…! Dijeron todos a una. “Pero son ellos los que deben dar el paso adelante. Yo no puedo obligarles”. Entonces, la profesora preguntó alucinada desde el fondo de la clase: “¿Los detectas así sin más?” Dije que los reconocía como iguales y les expliqué el estudio sobre los micro-gestos más rápidos que presentan; y cómo de este modo nos detectamos entre nosotros. Sugerí indirectamente que uno de los alumnos podría responder al perfil de sabio distraído. “¿Cómo lo sabes?”, preguntaba la clase. “Lleva la mochila abierta”. Su mirada me taladraba. “Es muy inteligente y puede ser un compañero excelente para otros”. Todos lo reconocieron así.

No voy a extenderme más. Simplemente entendí que los alumnos aceptan de manera natural esta diversidad y que tampoco es tan difícil incorporar eso en su visión del mundo. Hay que hacer más pedagogía y dar estas charlas a los más pequeños. De este modo evitamos muchos problemas sociales de frustraciones y odios que afloran en la sociedad cuando somos adultos. La gente no odia a los demás solo por tener algo que ellos no tienen, sino porque nadie les valoró sus habilidades cuando eran pequeños. Los daños a la autoestima permanecen en la vida. Todos queremos ser aceptados y amados.

Finalmente, terminé con un pensamiento muy simple y esencial: “Todos somos buenos en algo y necesitamos mejorar en otra cosas y todos nos complementamos entre nosotros. Os invito a que seáis como la Tribu de mi cuento. Ayudaos entre vosotros. Todos. Guerreros y exploradores. Juntos sois más fuertes. Reconocer vuestros aciertos y los del vecino. No hay nadie inferior ni superior. Todos somos seres humanos”. Tras los aplausos y entusiasmo de estos maravillosos niños sentí la mirada de gratitud y orgullo de mi hija. También noté una mirada similar en el alumno reconocido como superdotado de la clase. Incuso el más retraído de los niños, que también estaba seguro que lo era, se acercó a decirme que él había sido detectado y que le gustaba mucho escribir. “Seguro que serás un gran escritor. Tienes mucho que aportar, le dije delante de los otros. Deja que tu mundo interior salga. Puedes empezar escribiendo cosas para tus compañeros”. Al resto de la clase les pareció muy bien. Sentían curiosidad. Creo que nunca habían visto así a su compañero. Mi hija me confesó que este alumno no es muy aceptado por los demás. No me extrañó. Yo vi la genialidad en su mirada. Su aspecto es el de un alma turbada, compleja e interesante. Recogido en sí mismo, con grandes ojeras. La mirada perdida y triste, profunda. Capté inmediatamente su turbación. Entonces pensé, que a lo mejor hemos llegado a tiempo de encauzar una vida. Podemos rescatar a este muchacho de eso que Eckhart Tolle llama “el cuerpo del dolor”.

Simplemente dar esta clase improvisada ha sido maravilloso como experiencia. Entré preocupado por mi hija y salí optimista, esperanzado y feliz. Si conseguimos trasmitir esta idea en la sociedad: aceptar la diversidad humana como algo natural, estamos salvados como especie. Los niños lo entienden perfectamente. Ahora necesitamos entenderlo los adultos. Afortunadamente hay especialistas de reconocido prestigio, cuya voz suena alta y clara, que apoyan esta idea. Entre todos lo conseguiremos y haremos una sociedad que no solo acepte la diversidad, sino que la promueva. La naturaleza, la vida, la biosfera entera es lo que es por ser diversa. Esta idea es fundamental. Incorporándola a nuestra psique seremos todos más tolerantes.

Por la noche, agotado por la intensidad emocional de la jornada y derrumbado en el sofá, se acercó mi mujer a enseñarme lo que había puesto una niña de la clase en el perfil de su WhatsApp. Entre emoticonos de flores, corazones y sonrisas podía leerse un mensaje a sus amigas:

“¿Sabéis que tengo mucha inteligencia interpersonal y espacial?”

Sin duda, hay esperanza.

 

© Daniel Patón.

Universidad de Extremadura UNEX.

Departamento de Biología.

Texto publicado en la revista de AEST “La Estación” de 2018. Pag 27 y 28.

 

Fotografía: www.pixabay.com

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