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El testimonio de un adulto superdotado

AEST: un ejemplo de integridad

 

Siempre me he sentido diferente a otras personas y no por ello me he apartado de mi camino. Me educaron con unas fuertes convicciones en la libertad que tiene cada ser humano para ser uno mismo. No tuve mayores problemas ni en colegios, ni en institutos. Otra cosa fue cuando entré en la Universidad. Yo esperaba un ambiente más abierto, más proclive a las ideas y a los debates, a la libertad de pensamiento. Me encontré un mundo sumamente hostil. Ya en segundo de carrera, algunos de mis compañeros no querían que preguntara en clase. También ciertos profesores se molestaban si lo hacía.

Durante un tiempo no entendía porque tenía tantos problemas en adaptarme cuando no los había tenido en el pasado. Pensé que algo fallaba en mí. Esa idea se metió en mi interior. Lo daba por supuesto. Sin embargo, ocurrieron cosas que empezaron a resquebrajar esa premisa. Una es que mis frecuentes estancias en otros países me hicieron ver que yo era una persona de equipo, a la que gustaba ayudar a los demás y que era valorado por ello. La hipótesis de mi supuesta falta de “inteligencia emocional” solo se sostenía en mi trabajo habitual y parecía ocurrir lo contrario en el resto de entornos. Más tarde conocí a mi mujer y eso terminó de convencerme. Quien recorre 15.000 km para casarse conmigo, dejando su país y su familia de origen, es que ha visto algo especial en mí.

Me llevo bien con muchísima gente, así que no entendía que es lo que pasaba para despertar semejante hostilidad en mi entorno de trabajo. Más tarde, ya casado, realicé estancias en varios países de Sudamérica (Argentina, Brasil y Chile). Me fue excelentemente bien. Me decía que los latinoamericanos eran muy cordiales y empecé a clasificar a mucha gente de mi entorno laboral como “analfabetos emocionales” o “gente sin empatía”.

 

“¿Yo superdotado? ¿Como Einstein o Mozart? Imposible”.

El año 2012 decidí visitar a una psicóloga para que me explicara qué me ocurría. Casualmente esta psicóloga había trabajado con superdotados en diversos países. Ella lo vio claro desde un principio. No me lo dijo inmediatamente, pero cuando lo hizo no me lo creí. Recuerdo que afirmé: “¿Yo superdotado? ¿Como Einstein o Mozart? Imposible”. La psicóloga me explicó que había muchos niveles de superdotación y que no todos tenemos los mismos perfiles. Yo le pregunté: “Entonces, ¿cómo sabes que yo lo soy?”. Su respuesta fue: “Porque tenéis unas características muy definidas. Sois como clones”.

Las pruebas a las que me sometió duraron varios días y no solo fueron de inteligencia. Me pasaron el test RIAS completo, pruebas de personalidad y un largo etcétera. Me sentí como un cobaya al que le gusta participar en el experimento y acaba preguntando insistentemente al investigador: “¿Qué sale? ¿Se confirma la hipótesis?”. Era evidente que, como muchos españoles, no estaba familiarizado con lo que significa ser superdotado. Tras el tremendo impacto que eso me supuso, empecé a aceptar la idea. Aparecieron tres casos más en mi familia. Recuerdo que entonces me surgió la imperiosa necesidad de buscar más información, de leer y de conocer a otros como yo. En una búsqueda en Internet encontré el famoso documental “Al Este de la Campana de Gauss”. Me emocioné como un niño. Todo tenía ahora sentido. Muchas cosas vividas en la adolescencia por ejemplo. El porqué siempre buscaba la compañía de los amigos de mi padre, gente culta del mundo del libro, y no la de gente de mi edad.

 

“Conozco poca gente que tenga el altruismo, la garra, y la fuerza de la presidenta de AEST, Alicia Rodríguez Díaz-Concha. No sé de nadie que conteste correos en tiempo real incluyendo los domingos”

Decidí contactar con AEST, la Asociación Española para Superdotados y con Talento. Me atrajo el compromiso de esta ONG; su batalla constante por los derechos de los menores superdotados y sus familias, tan machacados por una sociedad que no los entiende, ni los valora. Una sociedad, que la mayoría de las veces, los reprime desde la infancia. Obviamente siempre hay excepciones, pero queda mucho por hacer. Conozco poca gente que tenga el altruismo, la garra, y la fuerza de la presidenta de AEST, Alicia Rodríguez Díaz-Concha. No sé de nadie que conteste correos en tiempo real incluyendo los domingos. Tienes la agradable sensación que siempre está en la “habitación de al lado” dispuesta a atenderte aunque no la veas. Te sientes acompañado y entendido. Eso no me ocurre con casi nadie. La fuerza de Alicia y su temple es encomiable. Solo piensa en los demás y los casos que se ven dentro de AEST a veces desgarran el alma. Chicos adolescentes que quieren suicidarse porque “nadie les entiende”. Casos dolorosos de “acoso escolar y laboral”. Incomprensión. Maltrato. Todo por ser diferentes.

 

“Entendí que el mito de la falta de sociabilidad es completamente falso”

Recuerdo la primera salida que hice con AEST. Una de mis hijas vio a una niña de su edad e inmediatamente ambas se aproximaron. Fue algo mágico, sobre todo conociendo a mi hija que suele ser más reservada. Ahí entendí que el mito de la falta de sociabilidad es completamente falso. Simplemente hay menos gente como nosotros y por tanto menos posibilidades de encontrar afines. Mi hija y esa niña se hicieron amigas instantáneamente. Pareciera que se conocían de toda la vida. Desde entonces hemos participado en algunos campamentos y actividades organizados por AEST. Mis hijas son ya más mayores, pero sin duda la formación que hemos tenido sobre lo que necesitan los superdotados nos ha permitido a mi mujer y a mí ayudarlas.

Gracias a toda la maravillosa gente de AEST, su directiva, sus familias, sus socios, hemos aprendido mucho y podemos ayudar a otros. Quiero contar un caso que revela muy bien que necesita un niño superdotado. Fue durante una de las salidas anuales. Habíamos ido de visita al pueblo de Pastrana (Guadalajara), lleno de historia y cosas interesantes que ver. Hacía mucho calor. Uno de los niños más pequeños lloraba, seguramente por cansancio y hambre. El padre estaba desesperado y el pequeño no tenía consuelo. De repente, vi unas flores silvestres. En muchas zonas de Castilla las llaman dragoncitos o conejitos: Antirrhinum. De pequeño, me gustaba abrirlas para mirar en el interior de sus pétalos que se cierran como una caja. Me acerqué con una al niño y le dije: “Hola, ¿has visto esta flor tan curiosa? Es como una casita para las abejas. Ellas vienen y se posan dentro”. Fue mágico. El niño paro de llorar inmediatamente. Tras comprobar que efectivamente la flor se abría como una casita, se acercó al padre y le dijo: “Papi mira que flor tan curiosa”. El padre me miraba incrédulo y sin decir nada. Continuó mirándome atónito parte de la comida desde la otra mesa. Esas son las necesidades de un niño superdotado: aprender, descubrir.

 

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Antirrhinum. Fotografía Pixabay.com.

 

Por cosas como esta he decidido participar en esta ONG. Ellos se preocupan de estos niños y adolescentes. Mis hijas ya no lo necesitan, pero quiero que otros tengan la comprensión y el afecto en su infancia que muchos no tuvimos. Por eso, AEST no acepta subvenciones. No están adscritos a ningún credo ideológico, ni político. Su compromiso es estrictamente humano. Es penoso que incluso existan personas y colectivos que quieran hacer negocio con los superdotados. AEST no es así y me hace feliz saber que con mi modesta cuota anual puedo ayudar a que otras familias no sufran. Muchos adultos hemos sido detectados tarde y eso ha sido doloroso por el tiempo perdido. A menudo nos preguntamos: ¿Cómo habría sido mi vida si me hubieran detectado antes? Sin embargo, hay en todo elementos positivos. Si yo no hubiera pasado el calvario personal que pasé, no sería la persona comprometida que soy. Solo desde el sufrimiento puede entenderse el sufrimiento.

España está perdiendo una oportunidad única por no solucionar este tema. Cada año, miles de jóvenes con talento se nos van. Legislar no es suficiente. AEST acaba de denunciar que la Ley Educativa conocida como LOMCE no se está aplicando en muchas Comunidades Autónomas. Espero que esto se corrija por el bien de los niños, niñas y adolescentes con superdotación, por sus familias y por el país entero.

 

© Por Daniel Patón.

Profesor Titular de Ecología en Universidad de Extremadura.

 

Fotografía: 

CC0 Creative Commons

Gratis para usos comerciales
No es necesario reconocimiento
5 comentarios:
  • Sole

    Como me alegra leer este post.
    Hace un año, mi sobrino Mateo, despues de mucho tiempo observando, diciendo que era especial, e intentando que lo valoraran.
    Decidimos llevarlo a Santiago de Compostela, a la facultad de Psicólogia, el equipo de Carmen Pomar, se encargó de valorarlo.

    En su post, siento esa sensación, de que todavía queda mucho por hacer. Ellos sufren, saben que no son iguales al resto.la impotencia de escuchar a profes, decir a sus padres, que hay q llevarle al médico. Pero por favor, tiene un don…aprovenchenlo!!

    Me gustaria ponerme en contactp con usted.
    Saludos.

    Sole M.V.

  • Daniel Patón

    Estimada Sole.

    Me alegra mucho poder serte útil. En AEST estamos para esto. No obstante, debo aclararte que no soy psicólogo, ni pedagogo por lo que solo puedo hablarte desde mi experiencia como persona con superdotación y padre de dos niñas con altas capacidades. En mi familia de origen hay también casos. Vivo en Extremadura, es decir algo lejos de tu tierra que por cierto es maravillosa. Me encanta perderme por esas umbrosas carballeiras que todavía quedan. Te confieso además que me gusta mucho la gente de Galicia, su mesura y discreción. Si a pesar de todos estos condicionantes puedo servirte de ayuda en la distancia mi correo de gmail es: “d.paton.d”.

    Un abrazo

    Daniel

  • J.G.F.

    Las cosas han cambiado bastante desde los años sesenta setenta.Entonces a los talentos que no eran de familias adineradas o con posibilidades económicas no se les prestaba la suficiente atención ya que estaban destinadas a continuar en la situación social de sus padres.,La orientación formativa era escasa y eso dio lugar entre otras cosas a que muchos talentos se perdieran.

  • Pilar

    Hola, Daniel:
    Justo he leído tu testimonio ahora que ando interesándome por estas cuestiones. Gracias. He decidido someterme a los tests y salir de una duda que me ha acompañado buenos años de mi vida. Es este un momento de alta vulnerabilidad. Un abrazo

  • Paula

    Buenas tardes Daniel. Estoy haciendo un trabajo de investigación y me encantaría que, si es posible, me respondieras algunas preguntas. ¿Me puedes dejar tu correo electrónico para poder contactar contigo? Muchísimas gracias y espero tu respuesta.

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