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Altas Capacidades y TDAH

El niño de altas capacidades y TDAH: ¿Trastorno o aburrimiento?

El  controvertido Trastorno por Déficit de Atención con Hiperactividad (TDAH) es de los problemas que afectan a niños y jóvenes más estudiados hoy en día. Sin embargo, la mayor parte de las investigaciones se centran en individuos con una inteligencia media. El estudio de este asunto en niños con superdotación o altas capacidades es reducido.

 

Durante los últimos veinte años, los expertos en TDAH han mantenido un debate sobre la validez de este diagnóstico en niños con superdotación, lo que se ha denominado como “Doble excepcionalidad”. Entre los principales argumentos en contra se encuentran las similitudes entre en el comportamiento de muchos niños superdotados y el de los diagnosticados con TDAH. Sin embargo, hay otros autores que afirman que hay diferencias significativas entre el niño con Altas Capacidades y TDAH y el que tiene únicamente Altas Capacidades, y que estas diferencias  muestran evidencias científicas de que el TDAH y las Altas Capacidades pueden coexistir.

La realidad es que, desafortunadamente, un buen número de los criterios diagnósticos del TDAH descritos en el Manual de Diagnósticos y Estadísticas de Desórdenes Mentales de la Asociación Americana de Psiquiatría, son compartidos también por muchos superdotados de alta energía e intensidad. La pregunta que muchos se hacen es:

 


¿Se trata de un trastorno o es un síntoma de que no están recibiendo la atención educativa que necesitan?


 

Los especialistas en superdotación alertan de que si el currículum no es lo suficientemente retador, la escasa o nula productividad en el colegio, la distracción y la carencia de atención, el trabajo en dos actividades simultáneas (leer un libro mientras el profesor enseña matemáticas), las conductas disruptivas y el comportamiento indisciplinado, la extrema introversión y la falta de comunicación, así como el frecuente “soñar despierto”, se convierte en algo característico de estos niños como vías de escape al aburrimiento (Silverman, 1993; Smith y Tsimpli, 1998).

Además, según afirma la doctora en Psicología y pedagoga experta en el ámbito de la inteligencia superior, Amparo Acereda, en su libro “Niños superdotados”:

“En el trastorno de atención con hiperactividad existe un problema sobreañadido: al ser considerado como un desorden, los síntomas característicos que presenta el niño son asumidos como un problema bioquímico que debería ser tratado con medicación (en su mayor parte, Ritalin). El diagnóstico de este trastorno, por otra parte, elimina la responsabilidad o la culpabilidad de los padres o profesores que están, además, luchando con un niño de firme voluntad, de alta energía y, en suma, con un niño difícil. Y aunque siempre es tentador apoyarse en una “cura segura”, es crítico que los padres y profesores sepan que todas las pruebas para desórdenes de atención son sólo de carácter observacional y que no existe hasta el momento ningún test biológico definitivo para los desórdenes en el déficit de atención (Farmer, 1993)”.

El catedrático de Psicología de la Universidad de Oviedo, Marino Pérez, utilizó  este mismo argumento durante una conferencia organizada por la Asociación Española para Superdotados y con Talento, AEST. Según afirmó Pérez, “no existe ninguna prueba clínica objetiva que diferencie a los niños con TDAH, más allá de la valoración de sus padres y profesores”. De hecho, citó un estudio publicado en la revista especializada The Lancet que demuestra que “el 86% de los niños con TDAH no presenta ninguna variación genética a las que se atribuyen este trastorno”.

Para la doctora Acereda, “el problema radica en que la medicación para el TDAH es utilizada, frecuentemente, con exceso e, incluso, mal utilizada en muchas ocasiones”.

En un estudio realizado con una muestra de niños superdotados se halló que la mitad de ellos tomaba Ritalin. Uno de los niños que lo tomaba mostró múltiples efectos secundarios, incluyendo temblores y tics. Y aunque el Ritalin puede calmar a muchos niños, incluso ayudarles a enfocar su atención, es importante saber que este medicamento produce en muchos niños efectos secundarios, efectos que incluyen pérdida de apetito, tics, insomnio, náuseas, dolores estomacales, de cabeza, depresión, inhibición social y pérdida de energía. En consecuencia, los padres y profesores deberían saber que si la mayoría de los síntomas de desorden de atención pueden ser controlados por la vía del comportamiento, la medicación puede evitarse para muchos de estos niños (Ginsberg y Harrison, 1995).

Los cambios conductuales propuestos por estos autores van en la línea de:

→ Aprender a marcar límites claros para sus hijos.

→ Evitar reaccionar bruscamente ante ellos.

→  Atender a los aspectos positivos que éste demuestre en su conducta.

→  La perfecta coordinación entre ambos progenitores.

→  Técnicas para enseñarles a ayudarse a sí mismos a concentrarse y a evitar problemas de comportamiento.

→  En las clases, los acercamientos específicos para ayudarles a mantenerse quietos en sus asientos, así como suprimir la atención negativa (que solo sirve para perpetuar su comportamiento) también suelen dar muy buenos resultados.

 

En este sentido, Acereda recuerda que:

“La Asociación Americana de Psicólogos Escolares recomienda que la medicación se considere solo después de intervenciones apropiadas en casa y en el colegio durante un tiempo razonable”.

Por su parte, Ginsberg y Harrison aconsejan a los padres que se hagan las siguientes preguntas, antes de decidir si la medicación es la respuesta a los problemas de comportamiento y atención del niño en casa y en la escuela.

  1. ¿Está de acuerdo con su pareja en la forma en que hay que educar a sus hijos?
  2. ¿Se muestra frecuentemente enfadado y con actitud negativa hacia su hijo?
  3. ¿Pierde a menudo los estribos y después pide perdón y abraza sin cesar a su hijo?
  4. ¿Se encuentra a menudo en lucha con el poder con su hijo y tras ello se siente sin saber qué hacer?
  5. ¿Debe sentarse con su hijo y ayudarle a acabar los deberes de la escuela porque allí no los terminó, de forma que no puede concentrarse en casa?
  6. ¿Se halla desorganizado y fuera de control la mayoría del tiempo?
  7. ¿Se pasa su hijo dos horas o más al día frente a la televisión o el ordenador?
  8. ¿Su trabajo le lleva tanto tiempo que no puede dedicar un espacio determinado al día para la relación padre hijo?
  9. ¿Se encuentra su hijo cómodo en áreas de especial interés o muestra una motivación alta?
  10. ¿Tiene su hijo un currículum escolar lo suficientemente retador?
  11. ¿Participa su hijo en actividades extraescolares que le permiten liberar su energía y expulsar las tensiones?
  12. ¿Sabe su hijo participar en competiciones?

Si su respuesta es que sí a la mayoría de las primeras nueve preguntas, y que no a las tres últimas, los síntomas de su hijo en cuanto al desorden de atención pueden, probablemente, mejorarse mediante ajustes en casa y en el colegio.

En lo que respecta a la escuela, todos los investigadores y especialistas consultados insisten en la importancia de atender las altas capacidades en el aula con una mayor intensidad, ya que esto contribuirá a reducir los síntomas relacionados con la baja atención y la hiperactividad.

 


La medicación para el TDAH en los superdotados


 

Los investigadores Alfonso Fernández Vázquez (Psicólogo de la Universidad de Santiago de Compostela), David Garrote Yáñez y Miriam Iglesias Fernández realizaron en el año 2015 un estudio sobre la respuesta de los niños de altas capacidades diagnosticados con TDAH al tratamiento con metilfenidato, la medicación más empleada en España para este tipo de chavales. La conclusión fue que “no existe literatura suficiente para determinar la respuesta al metilfenidato empleando como predictor el coeficiente intelectual”.

Según ponen de manifiesto estos autores, las investigaciones sobre la evaluación y el tratamiento de individuos de altas capacidades con TDAH son reducidas. La amplia mayoría de los estudios sobre los efectos de la medicación para el TDAH se han realizado con población con una inteligencia media, excluyendo los extremos (CI < 70 y CI > 120).

La investigación consistió en una revisión bibliográfica de los últimos diez años sobre los estudios realizados con niños menores de doce años con TDAH y altas capacidades. Los resultados fueron dispares. Por una parte, no se encontraron evidencias significativas entre un CI elevado y una mayor respuesta al tratamiento. De hecho, se obtuvieron datos que indicaban que la mejoría de la sintomatología era ligeramente menor que en grupos con un menor coeficiente intelectual. Aunque otros datos (procedentes de los profesores) parecían contradecir esta información, los responsables del estudio calificaron su efecto predictor como “mínimo y poco concluyente”.

 

 

© Ana Díaz. Periodista.

@anai_dj

 

 

BIBLIOGRAFÍA PARA SABER MÁS:

 

Fotografía: Pixabay.com.

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