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Evolución y AACC

La evolución humana y las Altas Capacidades

Como seres humanos estamos diseñados para interaccionar con el medio natural de manera compleja. Nuestra estructura anatómica, nuestro comportamiento y dieta están enfocados hacia estrategias de uso múltiple. Percibimos el color de modo muy diferente a otras especies animales. No tenemos capacidad de detectar el infrarrojo de los ciervos, ni la agudeza visual de las rapaces, ni la visión del ultravioleta de muchos insectos. Nuestra mayor capacidad de detección del color se produce en la gama que va del violeta al rojo siendo máxima en el verde. Esto nos obliga a ser diurnos y explica nuestra adaptación cromática al medio vegetal.

La longitud de nuestro tubo digestivo y la presencia de un vestigio de un segundo estómago, que es el apéndice, indican una importante  componente vegetariana en nuestra dieta. Sin embargo, no somos totalmente vegetarianos, ya que no podemos digerir la fibra como hacen algunas aves, los conejos y los rumiantes. De hecho, nuestra estructura dentaria, en la que predominan molares y premolares, indica más bien una dieta omnívora. Es más, unos caninos muy reducidos indican que la carne era un recurso ocasional en nuestra dieta. Además, tenemos más tendencia a acumular grasa en nuestro cuerpo que otros primates, lo que es una adaptación a medios semiáridos donde escaseaba el alimento. Obviamente, no llegamos al virtuosismo fisiológico de los camellos. En este sentido, está también nuestra casi general ausencia de pelo, que indica que aparecimos como especie en un periodo muy cálido del planeta. De hecho, el registro fósil sitúa nuestro origen en ambientes sabaniformes del África subsahariana hace 140.000 a 200.000 años.

En estos ecosistemas, abiertos y semiáridos, el bipedismo era una necesidad para detectar predadores y presas a grandes distancias. Gracia a esta característica, única en primates, podemos liberar las manos de la locomoción. Por ello, las manos pasan a ser un medio de usar instrumentos. Esto solo lo hacen nuestros primos los chimpancés en las sabanas de Senegal, quienes cortan ramas, las afilan con los dientes y las usan como lanzas como hacían nuestros antepasados. Estos chimpancés de la sabana son mucho más inteligentes que sus congéneres de selva y a menudo andan bípedos. Como dijo Aristóteles, “el hombre piensa porque tiene una mano” y gracias a ello hemos desarrollado aún más nuestro cerebro. Es decir, somos claramente generalistas y adaptables y por ello empezamos como recolectores de frutos, raíces y semillas, cazando ocasionalmente antes de descubrir la agricultura y la ganadería. No destacamos en nada y como aparecimos en época de penurias teníamos que usar nuestra especialización para sobrevivir: nuestro cerebro.

 

Monoastronauta

 


“Nuestro cerebro es nuestra especialización como especie y es lo que nos ha permitido un éxito evolutivo sin precedentes”


 

La presión selectiva fruto del ambiente árido y escaso de recursos fue tal que la Naturaleza inventó varias especies de homínidos que se cree llegaron a convivir. No está claro si acabamos con nuestros primos europeos los Neandertales de manera activa o transmitiéndoles pasivamente enfermedades procedentes de nuestra África natal. Me inclino por lo segundo, ya que es lo que estamos haciendo con las tribus amazónicas. Primero enferman de la desconocida para ellos gripe, contra la que no tienen ninguna resistencia, y luego ocupamos su territorio. Nuestro cerebro es, por tanto, nuestra especialización como especie y es lo que nos ha permitido un éxito evolutivo sin precedentes. Hemos colonizado todos y cada uno de los rincones del planeta. Solo se nos ha resistido el medio más ignoto de todos, él único que permanece totalmente virgen, la próxima frontera de la biología: las profundidades abisales. Por tanto, la especie humana tiene como principal atributo adaptativo su cerebro, su capacidad de razonar y pensar. La capacidad de abstracción no es, sin embargo, única en nuestra especie, ya que otros primates son capaces de realizar incluso operaciones aritméticas sencillas.

 

La evolución humana y las Altas Capacidadades


El hombre cada vez tiene menos masa muscular y ósea, mayor altura, más tamaño cerebral, más complejidad neuronal

y, por tanto, más capacidad de pensar”


 

Pero nuestra especie llevó el suficiente tiempo en la Tierra como para saber que no hemos sido siempre idénticos. Comparando la estructura ósea de nuestros ancestros más primitivos con la nuestra quedan muy claras las líneas evolutivas que nos definen. El hombre cada vez tiene menos masa muscular y ósea, mayor altura, más tamaño cerebral, más complejidad neuronal y, por tanto, más capacidad de pensar. El efecto Flynn, ese aumento de dos puntos de CI por generación, acentúa nuestro convencimiento de que seguimos una línea evolutiva muy clara. Lo sorprendente y lo que nos diferencia de otras especies es que no somos sujetos pasivos de esa evolución. Por el contrario, somos causantes de nuestra propia evolución. Hemos decidido vivir en grupos cada vez más grandes y nuestros avances médicos condicionan hacia dónde evolucionamos. Sin embargo, esa evolución sigue siendo absolutamente natural, ya que no podemos escapar a las leyes de la Biología. El Cambio Climático es una magnífica prueba de ello. Si modificamos nuestro entorno por encima de cierto umbral sufriremos las consecuencias.

En el orden social nuestra especie ha ido evolucionando hacia estructuras sociales cada vez más complejas e integradas y cooperativas. La lucha despiadada por la supervivencia entre grupos familiares era característica de los primeros homínidos. Más tarde se transformó en una lucha entre tribus y, en un aumento del tamaño del grupo, desembocó en una lucha entre naciones. Hoy las naciones se asocian y, superado el enfrentamiento entre bloques característico de la Guerra Fría, nos planteamos si podemos sobrevivir aislados en un mundo cada vez más global.

 


Los seres humanos más desarrollados son muy singulares y por ello respetan al prójimo y piensan en el colectivo


 

Comprendemos, aunque no siempre lo practiquemos, que la cooperación es la mejor estrategia ya que busca el beneficio mutuo. La Teoría de Juegos ha puesto razones matemáticas a las estrategias sociales. El descubrimiento de las Neuronas Espejo ha dado una explicación fisiológica al altruismo. La Sociobiología ha descubierto las bases biológicas de dicho altruismo. Y algunas ramas de la Psicología Humanista nos hablan de que los seres humanos más desarrollados son muy singulares y por ello respetan al prójimo y piensan en el colectivo. Estas características son bastante generales en los ACIs, ya que suelen ser personas únicas y al mismo tiempo muy altruistas. A diferencia de los insectos sociales, que pierden la individualidad en bien de la colonia, los humanos evolucionan hacia un alto desarrollo personal y un gran respeto por la singularidad ajena. De ahí es posible que surjan los problemas de adaptación de los ACIs en sociedades cuyas reglas son poco tolerantes. Un ACI no atentará nunca contra el grupo, pero no tolerará autoritarismos ni reglas irracionales. Esta sinergia de complejidad creciente entre iguales, a la que parece evolucionar la sociedad humana, es efecto de la inteligencia y a su vez influye en ella. Una especie cuyo principal atributo es el cerebro confía en la interacción y en la especialización para sobrevivir.

La Biología nos enseña que las sociedades animales más evolucionadas son aquellas en las que aparece la visión del trabajo con un objetivo común: el beneficio del grupo. Todas estas características de nuestra especie han sido demostradas científicamente y apuntan a un hecho fundamental y es que solo las sociedades más primitivas son salvajemente competitivas. Esto es así porque se gasta más energía compitiendo que cooperando y en la naturaleza se sigue el principio muy claro: la optimización de los recursos.

 

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El Deporte nos permite entender esto de manera muy simple. Gana el equipo, no el individuo. Por ello, la cooperación es la base del motor de nuestra sociedad aunque a veces lo olvidemos. En esa capacidad de cooperar tiene mucho que ver la inteligencia, ya que gracias a ella manifestamos menos tendencia a la agresividad fruto del egoísmo como han demostrado la Etología y la Psicobiología. Quizá esto explique por qué a muchos niños y jóvenes ACIs les aterra competir y luchar. Para nosotros, no es cierta esa visión sesgada del Darwinismo que equipara lucha despiadada con supervivencia. De hecho, Darwin nunca dijo eso. Simplemente se limitó a precisar que los más aptos transmiten mejor sus genes.

La visión folclórica del hombre primitivo como animal sanguinario, en lucha permanente con sus semejantes y en un medio escaso de recursos, dista mucho de ser cierta. Al revés. En la época en la que el hombre aparece, su densidad era muy baja y los recursos suficientemente abundantes. La Biología Pesquera y la Arqueozoología nos enseñan que solo hemos esquilmado los recursos del mar en la época reciente. En época histórica, las pesquerías eran muy abundantes. El análisis de los otolitos (estructuras del oído de los peces donde se aprecia su edad) de yacimientos arqueológicos nos indica que las mismas especies crecían dos o tres veces más hace miles de años. Un pez marino llamado mújol alcanza difícilmente el metro en 5 años. Los mújoles que aparecen en yacimientos fenicios llegaban a 120 cm en solo tres años. Es decir, la pesca no solo era abundante sino que los peces crecían más deprisa. De hecho, hemos seleccionado a las especies marinas en contra del crecimiento, lo que significa que en el pasado los recursos fueron abundantes para nosotros. Algo muy parecido debió haber ocurrido con los bosques. Los árboles que antes se cortan son los que crecen más rápido. Es decir, hemos seleccionado negativamente en contra de la producción maderera y venimos haciéndolo desde hace muchos siglos.

Además de estos recursos, existían grandes herbívoros cuando apareció el hombre. Se conocen como la megafauna extinta. Sin duda los suministros de carne debieron ser también abundantes. No está claro si acabamos con esta megafauna o si se extinguió por un cambio del clima. Pueden haber sido ambas cosas. Nuestra estrategia de aprovechamiento múltiple solo podía hacerse de manera cooperativa para ser eficaz, lo que desmonta el mito del hombre primitivo como superatleta solitario.

 


“Los ACIs somos ejemplo de una tendencia general del ser humano”


 

Entonces, si estamos de acuerdo que el hombre evoluciona hacia sociedades más inteligentes y cooperativas ¿dónde nos pone eso a los ACIs? Sin duda en la vanguardia de la tendencia evolutiva de nuestra especie. Decir eso, no es atentar contra la diversidad humana ni reivindicar el elitismo. Aunque solo el 2% de la población es ACI, esto ocurre en todas las razas y clases sociales. El efecto Flynn se viene manifestando desde nuestro origen como especie por una clara presión selectiva. No somos una rareza, ni una mutación y reivindicar nuestras necesidades, no nos pone en posturas racistas ni clasistas. Al contrario, los ACIs somos ejemplo de una tendencia general del ser humano. En nosotros, simplemente, se manifiesta de manera más clara. Nuestras características biológicas, especialmente si las comparamos con nuestro fósil, demuestran que representamos la tendencia natural de nuestra especie. Si esto es así, ¿por qué surgen problemas de adaptación a la sociedad que nos rodea? Muy simple: la fuerza selectiva endógena, contenida en los genes, está balanceada por la inercia del pasado, representada en la sociedad. O dicho de otro modo, la evolución social o cultural y la biológica no van al mismo ritmo.

 

 


¿Qué podemos hacer para mejorar nuestra condición entonces?


 

En primer lugar, conocernos plenamente. Saber en qué nos diferenciamos a nivel perceptivo, emocional, etc… de otros semejantes nuestros. Ese es para mí el principal énfasis que hay que hacer. No se trata de una variación morfológica o genética más como la estatura, la complexión o el color de ojos. Lo que nos hace tan diferentes a otros no es solo el mayor CI sino las enormes consecuencias que esto conlleva. Al igual que ocurre en otros campos donde puede aplicarse la teoría de la información, nuestro cerebro al pasar cierto umbral de integración y complejidad neuronal, produce propiedades emergentes. Hay, por decirlo de algún modo, un cambio de fase, y eso produce un fuerte cambio de conducta, de sensibilidad, de percepción. Un buen ejemplo de esto sería que muchos ACIs se quejan de que cuando gastan bromas nadie les entiende y solo otros ACIs lo hacen. Estamos en otro punto de inflexión evolutiva de nuestra especie. Puede parecer exagerado pero ha empezado a surgir una propiedad nueva en nuestra especie que es más que la suma de las partes. Hemos llegado a un nivel de inteligencia que está produciendo cambios completos en nuestra manera de ver el mundo.

La Naturaleza no solo se defiende con el Cambio Climático, sino haciéndonos cambiar a nosotros. No podemos volver atrás y hacernos más salvajes. Los cambios evolutivos suelen ser siempre de avance, de adaptación. Hemos provocado cambios en los ecosistemas que amenazan nuestra supervivencia y nos exigen una visión más global y respetuosa con nuestro entorno. Eso solo puede hacerse desde una mayor capacidad de integrar información y esta propiedad ya ha sido ensayada con éxito en otros organismos. Los insectos sociales son un perfecto ejemplo de lo que es la pérdida de individualidad y el aumento del cooperativismo. El futuro será sin duda un pensar colectivo o supraorganísmico, una percepción supraconsciente. Quizá los grandes fundadores de religiones tuvieron esa mente muy avanzada. A pesar de las diferencias culturales, todas las religiones parecen ponerse de acuerdo en esa visión supraindividual. Las diferencias son cuestiones de matiz, ya que todas hablan de una mayor trascendencia, de realidades que vemos directamente.

No hay mayor integración neuronal que la de trascender el individuo. Llegar a esto sí que sería nuevo en términos biológicos. Los sistemas de comunicación más complejos que la naturaleza ha utilizado hasta ahora, como las feromonas de los insectos sociales, el canto de los pájaros, los ultrasonidos de los murciélagos, o el sonar de las ballenas y delfines, son solo atisbos de lo que podría significar una forma de comunicación social nueva basada en una perfecta percepción de la necesidades de los demás basada en mentes muy desarrolladas cooperando constantemente.

Si muchos cerebros piensan en colectivo, la fuerza que se crearía para solucionar problemas sería ingente. Los budistas zen utilizan esa misma fuerza innata de la mente en sus meditaciones colectivas o Sesshin.  Jun nos habló de este inconsciente colectivo. Ninguna especie tiene hasta ahora semejante sistema de cooperación social. Solo hay que ver a un grupo de ACIs conversando o trabajando para entender lo que digo. Por ello, los ACIs tendemos a asociarnos de manera natural. Nos buscamos desesperadamente y no solo por la enorme insatisfacción que nos produce la sociedad en la que vivimos, que nos retarda en gran medida, sino porque nuestras mentes necesitan expandirse y abrirse cada vez más. Albert Einstein dijo que “la mente es como un paracaídas, solo funciona si está abierta”.

 


“No es solo una cuestión de pensar más rápido y más tiempo, sino es que emocionalmente somos diferentes”


 

Igual que enjaular a un mono es matarlo, obligar a un ACI a desarrollar un trabajo poco creativo en un ambiente social empobrecido es neutralizarlo y empobrecerlo. Por eso devoramos información y conocimiento hasta el punto de pasar días tratando de resolver un problema y sin pensar en otra cosa. Ese famoso Eureka de Einstein tras muchas noches sin dormir. Por eso nos sentimos tan diferentes del resto y pensamos y hablamos interminablemente. Nuestra mente no para y lo hace así de forma natural. No es solo una cuestión de pensar más rápido y más tiempo sino es que emocionalmente somos diferentes. En nosotros no hay separación entre razón y sentimiento y nuevamente Einstein lo expresó magistralmente cuando dijo: “los sentimientos son la fuerza fundamental de toda creación humana, por sublime que tal creación parezca a nuestros ojos”. Vemos las cosas en sentido global y somos generalmente incapaces de hacer cálculos estrictamente personales. Una vez conocido esto debemos buscarnos entre nosotros. Tenemos que unirnos y dejar de penar en un mar de incomprensión social. Es preciso que nos defendamos activamente cuando la sociedad se empeña en retardar el desarrollo de nuestro grupo y nos condena al ostracismo. Debemos mostrar nuestro potencial y decir a nuestros congéneres que estamos deseosos de ayudar. Que nuestra capacidad está al servicio de los demás.

Todos somos humanos, pero las sociedades evolucionan por los individuos más desarrollados intelectualmente y debemos asumir ese papel. No podemos mantenernos al margen o resignarnos a una existencia gris. Eso nos perjudica a todos. Somos el 2% de la población pero solo uno de cada 2.500 es diagnosticado. Eso es una enorme pérdida de recursos humanos. Descubramos a ese 98% de nuestros iguales que permanecerá sin detectar toda su vida. Ahorremos a otros ACIs el inmenso sufrimiento de no poder desarrollarse en plenitud. Ahorremos a la sociedad muchas generaciones, dinero y esfuerzo haciendo lo que mejor sabemos hacer: solucionar problemas complejos. Esa es la mejor contribución que podemos hacer a nuestra especie, ya que otra característica que nos define es que, por nuestras grandes necesidades emocionales, nos encanta ser útiles.

 

© Por Daniel Patón.

Profesor Titular de Ecología en Universidad de Extremadura.

 

*Artículo publicado previamente en la revista La Estación. Año 2013. Pg. 23 y 24.

 

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1 comentario:
  • Schelmenstreich

    GraciasEra lo que intuía

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